El día que debía ser el más feliz de mi vida terminó siendo el más estresante
Escribo esta reseña dos meses después de mi boda, ya que necesitaba tiempo para procesar lo ocurrido y poder escribir con claridad. Resulta muy difícil para mí, porque una boda no es un evento cualquiera. Lo que se suponía sería uno de los días más importantes, felices y cuidados de mi vida, terminó siendo una experiencia profundamente dolorosa, estresante y decepcionante.
Esta también es una reseña complicada, ya que el wedding planner tiene una relación familiar con el novio de la boda para la cual fue contratado. Precisamente por eso intenté manejarlo con mucha cautela, pero al final esto fue un servicio contratado, pagado y ofrecido como profesional. Esa relación familiar no justifica la falta de cumplimiento, ni la mezcla de lo personal con lo profesional.
Contratamos una coordinación integral esperando apoyo, organización, seguimiento, criterio profesional y resolución de problemas. La razón principal por la que se contrata a un wedding planner es para que los novios no tengan que cargar con la operación del evento, mucho menos el día de su boda. Lamentablemente, eso fue exactamente lo que terminó pasando.
Hubo fallas graves de coordinación antes y durante el evento. En distintos momentos terminé resolviendo personalmente temas que correspondían al servicio contratado: seguimiento con proveedores, validaciones con el salón, ajustes con la iglesia, localización de entregas pendientes, revisión de información y manejo de imprevistos. Esto ocurrió incluso un día antes de la boda y durante la preparación, cuando yo debería haber estado enfocada en vivir el momento, no en apagar fuegos.
Uno de los puntos más graves fue que el servicio ofrecía asistencia durante el evento, pero el planner se retiró antes de que terminara la boda y sin dejar a una persona responsable en su lugar. Después de su salida, los novios tuvimos que encargarnos de pagos, conteo de botellas, coordinación con el salón, trato con meseros y situaciones operativas. Eso no debería recaer en los novios en plena boda.
Él argumentó posteriormente que se retiró porque mi mamá y yo estábamos siendo groseras. No coincido con esa versión. Reconozco que, hacia el final del evento y después de todo lo que ya había ocurrido, yo estaba muy molesta y completamente rebasada por la situación. Aun así, considero que retirarse aproximadamente tres horas antes de que terminara la boda, sin dejar a alguien responsable y en medio de un evento todavía en curso, fue una decisión profundamente poco profesional. Además, en su propio contrato establece un cobro de $8,000 pesos por hora extra de servicio, por lo que resulta razonable solicitar el reembolso correspondiente por las horas que no fueron cubiertas. Independientemente de lo anterior, por cualquier situación que pudiera haberse malinterpretado, yo también ofrecí disculpas.
También se tomaron decisiones importantes sin nuestra autorización, incluyendo cambios en decoración, ajustes de mobiliario, música y manejo con proveedores. Para mí esto fue especialmente doloroso porque decoración y música eran dos de las prioridades que habíamos comunicado desde el inicio. No eran detalles menores. Eran parte central de la experiencia que queríamos construir para nuestra boda.
Hubo errores en cronograma, layout y ejecución de momentos clave. Se trabajó con versiones incorrectas de documentos, no se reflejaron cambios finales en mesas e invitados, y momentos importantes no se desarrollaron conforme a lo planeado. La dinámica del ramo, por ejemplo, estaba organizada con precisión y aun así se ejecutó mal, rompiendo el ritmo del evento y generando incomodidad. También hubo cambios musicales durante la cena fuera de lo previamente establecido.
Otro punto muy delicado fue el manejo del cuarto de novia. En lugar de mantenerse como un espacio privado, tranquilo y cuidado, fue usado como área operativa o de almacenamiento. Además, hubo presencia de personas ajenas al equipo de trabajo sin autorización. Esto me hizo sentir invadida, desprotegida y todavía más estresada en un momento en el que necesitaba calma, privacidad y contención.
Ese día estuve enferma durante prácticamente toda la boda. Sufrí varias crisis de ansiedad y de pánico durante el evento debido al nivel de estrés acumulado y a la falta de manejo adecuado de lo que estaba pasando. La situación llegó al punto de que tuvieron que acudir paramédicos. Para mí, eso resume muy claramente el nivel de descontrol y la falta de contención que hubo en un día que debió haber sido cuidado, protegido y acompañado.
La raíz de mi molestia no es que hayan existido imprevistos. Sé que en cualquier boda pueden surgir problemas. La raíz es que contratamos a alguien precisamente para ayudarnos a prevenirlos, resolverlos y proteger la experiencia del evento, y sentí que muchas veces ocurrió lo contrario: tuve que resolver yo, se tomaron decisiones sin consultarnos, se ignoraron instrucciones claras y se perdió el control de momentos importantes.
Lo más doloroso es que el día de mi boda, en lugar de sentirme acompañada, tranquila y feliz, me sentí estresada, enferma, sobrepasada y sola resolviendo cosas que no me correspondían. Esa sensación no se borra fácilmente, porque no estamos hablando de cualquier fiesta. Estamos hablando de un día que no se repite.
Después del evento me reuní con el wedding planner para explicarle mi inconformidad y solicitar el reembolso correspondiente, ya que claramente no estuve de acuerdo con el servicio recibido. En esa reunión me dijo que revisaría el tema. Sin embargo, ya pasó un mes desde entonces y no he recibido ninguna respuesta concreta.
No pretendo decir que absolutamente todo salió mal ni atribuirle al planner hechos fuera de su control. Pero sí puedo decir que, en mi experiencia, el servicio no estuvo a la altura de lo ofrecido ni del nivel de responsabilidad que implica coordinar una boda.
Por todo lo anterior, no lo recomendaría. Mi experiencia fue profundamente decepcionante, dolorosa y muy lejos de lo que cualquier novia debería vivir el día de su boda. Considero importante dejar constancia para que otras parejas sepan lo que vivimos antes de tomar una decisión.