La boda de Martha y Javier en Manzanillo, Colima
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M&J
01 Mar, 2025La crónica de nuestra boda
El día de nuestra boda: un sueño hecho realidad
El 1 de marzo de 2025 quedará grabado para siempre como el día más mágico de nuestras vidas. Desde que comenzamos a planear nuestra boda soñábamos con algo más que una ceremonia: queríamos crear un recuerdo imborrable no solo para nosotros, sino para cada una de las personas que nos acompañaron. Y así fue. El Hotel Las Hadas, en Manzanillo, Colima, se convirtió en el escenario perfecto para vivir el mejor día de nuestras vidas frente al mar.
Todo comenzó desde el día anterior, cuando nuestros invitados comenzaron a llegar llenos de ilusión y entusiasmo. El ambiente era de alegría total: los abrazos, las risas, el reencuentro con familia y amigos que venían de tantos lugares para compartir este momento. Pasamos la tarde disfrutando del sol, la playa, la alberca y los rincones del hotel que poco a poco se llenaban de esa energía tan bonita que solo trae el amor.
Ya entrada la noche, organizamos un rompehielo con todos los que se hospedaban en el hotel. La barra estaba más que lista y las copas no se vaciaban nunca. Entonces, llegó la sorpresa: el mariachi. Con toda la emoción del mundo, llegué para sorprender a mi novia y fue un momento increíble. El mariachi tocó durante una hora que pareció un instante: bailamos, cantamos, nos mirábamos con amor puro. Después llegó un grupo versátil que encendió la noche y todos los invitados se sumaron al canto y al baile. La fiesta se prolongó hasta la 1 de la mañana, aunque muchos no querían que terminara y siguieron la noche en Casa Luna, el antro del hotel. La fiesta había comenzado antes de la boda, y ya era todo lo que habíamos soñado.
Seguir leyendo »Y entonces, amaneció el gran día. El corazón latía fuerte, los nervios estaban a flor de piel. Nos despertamos juntos, sabiendo que en unas horas nuestras vidas cambiarían para siempre. Me despedí de mi novia con un beso y le susurré: “Te veo en el altar, te amo”. Fue un momento íntimo y lleno de emoción. Me fui del cuarto para dejar que llegaran a maquillarla mientras yo compartía la mañana con mis amigos y mi familia. Playa, risas, anécdotas… pequeños momentos que me ayudaban a calmar los nervios mientras se acercaba la hora.
Después de comer, me fui al cuarto de mi mamá y mi hermana para arreglarme. El fotógrafo y el videógrafo estaban ya capturando cada instante. Mi mamá me regaló un reloj precioso, un recuerdo que llevaré siempre en mi muñeca y en el alma. Finalmente, ya listo, nos fuimos rumbo a la iglesia. En el camino intenté repasar mis votos, pero los nervios me traicionaban. Me senté un momento, respiré hondo y logré recordarlos.
La ceremonia fue simplemente perfecta. Caminé al altar con mi mamá del brazo, y al llegar me dio su bendición. Entonces, volté y vi a mi novia… y no pude evitar que las lágrimas brotaran. La emoción era demasiado grande. Mi suegro me abrazó fuerte y me entregó la mano de su hija. Le di un beso y juntos nos sentamos para comenzar la misa.
La ceremonia religiosa fue hermosa, íntima, y profundamente significativa. Cuando llegó el momento de decir nuestros votos frente a todos, sentimos que el mundo se detenía. El “Sí, acepto” retumbó en nuestros corazones y en el de cada invitado que presenció ese momento sagrado. Al salir, regresamos al hotel para la ceremonia civil. El atardecer enmarcó nuestras fotos, y el juez ofició una ceremonia breve pero profundamente conmovedora, en la que también intercambiamos palabras llenas de amor.
Después, llegó el momento de la fiesta. Los invitados entraron primero y fueron ubicados en sus mesas. Unos minutos después, hicimos nuestra entrada triunfal mientras todos ondeaban servilletas con alegría. Recorrimos todas las mesas saludando a todos, y cerramos nuestra entrada con un discurso de agradecimiento. Luego hicimos una dinámica muy divertida: una foto con cada mesa mientras sonaba una sola canción. Fue una locura hermosa, lleno de carcajadas, abrazos y hasta alguna que otra caída que hizo reír a todos.
La cena fue exquisita. Se entregaron las botellas a los capitanes de mesa, y empezaron los vals. Primero bailé con mi mamá, un momento profundamente emocional. Luego, mi esposa bailó con su papá. Ambos se cantaban al oído, y las lágrimas no se hicieron esperar entre los invitados. Finalmente, fue el turno de nuestro vals. Habíamos preparado una coreografía sencilla pero muy significativa. Bailamos con el alma, y todos quedaron encantados con la conexión y el amor que transmitíamos.
Y entonces… ¡empezó la fiesta de verdad! Una explosión de música, baile, risas y celebración. Fue una noche mágica, no por parecer un cuento, sino por ser real, intensa, vivida desde el amor genuino. Nuestros amigos y familia bailaban como si el tiempo no existiera, cantaban con el corazón y disfrutaban cada segundo.
Ver a todos tan felices, tan conectados con nuestra historia, fue el regalo más hermoso. La atención del hotel fue impecable, cada detalle cuidado al máximo. Pero lo que hizo todo especial fue el amor que nos rodeó en cada instante. Nuestra boda no solo fue un evento, fue una experiencia compartida de amor, alegría y unión.
Hoy, al recordar ese día, aún sentimos la magia en el aire. Y sabemos que ese fue solo el comienzo de la aventura más hermosa: nuestra vida juntos.
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